Vuelve a retraerse consumo de carne vacuna y quedó en 46,3 kilos por habitante

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El asado, uno de los símbolos históricos de la mesa argentina, atraviesa una transformación que expone con crudeza la pérdida de poder adquisitivo de los hogares. El consumo de carne vacuna se desplomó 9,4% interanual en julio y quedó en apenas 46,3 kilos por habitante al año, uno de los registros más bajos de las últimas décadas. Mientras tanto, la producción ganadera encuentra cada vez más incentivos para orientar su negocio hacia el exterior.

El dato surge del último informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados (CICCRA), que mostró que durante los primeros siete meses de 2026 el abastecimiento del mercado interno cayó 12% respecto del mismo período de 2025. En términos concretos, fueron unas 163.400 toneladas de carne menos destinadas al consumo doméstico.

Así, el promedio móvil de los últimos doce meses llegó en julio a 46,3 kilos por persona al año, 4,8 kilos menos que un año atrás. El registro implica una caída interanual del 9,4% y se ubica incluso muy por debajo de los niveles de consumo registrados durante la crisis de 2001.

La situación adquiere una dimensión particular en la provincia de Buenos Aires y el Área Metropolitana, donde la carne vacuna ocupa un lugar central en los hábitos alimentarios. El relevamiento del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) mostró que en julio el precio promedio de la carne bovina en el AMBA fue de $18.478 por kilo, con una baja mensual de apenas 0,7%, frente a una inflación regional del 2,3%.

La leve baja mensual, sin embargo, no alcanza para revertir el fuerte encarecimiento acumulado. En el último año, los cortes vacunos aumentaron alrededor de 52%, muy por encima de la evolución de los ingresos y también de otras carnes.

La carne vacuna se aleja del bolsillo

El problema no es solamente cuánto cuesta un kilo de carne, sino qué capacidad tienen los salarios para pagarlo. Mientras los ingresos de los trabajadores avanzaron bastante menos durante el último año, los principales cortes vacunos registraron aumentos superiores al 49%. El cuadril subió 53,6% entre julio de 2025 y julio de 2026; la carne picada común, 53,5%; el asado, 52,1%; la paleta, 51,2%; y la nalga, 49,2%. Las hamburguesas congeladas, incluso, tuvieron un incremento del 60,7%.

La comparación con otras carnes muestra todavía con mayor claridad el cambio en los hábitos de consumo. En julio, el kilo de carne vacuna rondó los $18.478 en el AMBA, mientras que el pollo promedió $4.935 y el cerdo $9.056. Con el valor de un kilo de carne bovina se podían comprar aproximadamente dos kilos de cerdo y más de tres kilos de pollo.

En términos interanuales, la carne vacuna aumentó 52,4%, contra una suba de 27,4% para el pollo y de 24,9% para el cerdo. De esta manera, la carne tradicional de la mesa argentina se volvió progresivamente menos accesible y obligó a muchos hogares a reducir cantidades, cambiar cortes o directamente reemplazarla por alternativas más económicas.

La pérdida del poder adquisitivo profundiza esa tendencia. Un informe de Empiria señaló que el ingreso real frente a la inflación cayó 8,4% mensual en mayo y 2,9% interanual, mientras que el ingreso disponible retrocedió 2,1% mensual y 5,1% interanual.

Menos faena y una ganadería que retiene hacienda

La caída del consumo interno también ocurre en un contexto de menor producción. En julio se faenaron 1,095 millones de cabezas de ganado, un 12,2% menos que en el mismo mes de 2025. En los primeros siete meses del año, la faena acumuló 7,09 millones de cabezas, con una caída del 9,8% interanual.

La producción de carne vacuna alcanzó en julio unas 268.000 toneladas res con hueso. Entre enero y julio se produjeron 1,689 millones de toneladas, un 6,8% menos que durante el mismo período del año pasado.

El escenario ganadero, además, está modificando las decisiones de los productores. La mejora de los precios de la hacienda y una mayor disponibilidad hídrica en buena parte de las zonas productivas generaron incentivos para retener hembras, recomponer los stocks y prolongar el engorde de los animales.

El mercado externo, en cambio, no para de crecer

La contracara del derrumbe del consumo interno está en las exportaciones. Mientras los hogares argentinos compran menos carne, la industria frigorífica encuentra una demanda creciente fuera del país. Entre enero y julio, las exportaciones alcanzaron 487.200 toneladas res con hueso, un 8,8% más que en el mismo período de 2025. Durante el primer semestre, además, se exportaron 280.100 toneladas peso producto, un incremento interanual del 11,1%.

Pero no solamente aumentó el volumen vendido al exterior. También mejoró fuertemente el valor obtenido por cada tonelada exportada. En los primeros seis meses del año, el precio promedio alcanzó los US$7.738 por tonelada, un 31,4% más que en el mismo período de 2025.

El resultado fue una facturación récord: US$2.167,75 millones en exportaciones de carne vacuna durante el primer semestre, un 45,9% más que en igual período del año anterior. La fotografía del sector, entonces, presenta dos mercados con comportamientos opuestos: menos carne disponible para los consumidores argentinos y más carne colocada en el exterior.

Un cambio profundo en la mesa argentina

La Argentina construyó buena parte de su identidad alimentaria alrededor de la carne vacuna. Sin embargo, los números muestran que aquel consumo masivo ya no está al alcance de una parte cada vez mayor de la población.

La baja de julio en algunos precios puede funcionar como un alivio momentáneo, pero no modifica el cuadro general. La carne sigue acumulando aumentos muy por encima de otras alternativas y los salarios no logran recuperar el terreno perdido.

En el caso del AMBA, donde se concentra una enorme parte del consumo y de la población bonaerense, el fenómeno se vuelve especialmente visible: el producto que durante generaciones fue protagonista de la mesa familiar pasó a ser un alimento que muchos hogares deben dosificar o sustituir.

Mientras tanto, el negocio ganadero encuentra un escenario cada vez más atractivo en el mercado internacional, con mejores precios y una demanda externa en expansión. El resultado es una paradoja difícil de ignorar: un país históricamente asociado a la abundancia de carne vacuna produce y exporta para un mercado mundial que paga más, mientras dentro de sus propias fronteras cada vez cuesta más llenar la parrilla.

La carne argentina no desaparece: cambia de destino. Y el dato más preocupante para los consumidores es que, en ese cambio, la mesa de los argentinos parece quedar cada vez más relegada frente a las oportunidades del mercado externo.

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