“Un casino en el pantalón”: el alarmante dato que ubica a la Argentina como el peor país en consumo digital infantil

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En los comedores de miles de hogares argentinos, el ritual de la cena ha mutado, donde el sonido ambiente es el de un video de YouTube o un juego de colores estridentes. La escena es el síntoma de una crisis profunda, “Argentina tiene los peores índices respecto a acceso a pantallas a infancias los peores del mundo”, advierte el senador provincial, Emmanuel Santalla, entrevistado en “Parecemos Buenos Amigos” por INFOCIELO PLAY . El legislador, citando informes recientes de UNICEF explica que el teléfono celular antes era un juguete, hoy es, en palabras de especialistas, un “chupete electrónico” que está moldeando cerebros en formación bajo una lógica de casino.

El senador bonaerense, hace mención a las declaraciones de Mauricio Pedersoli, neurólogo y autor del libro Adictos en pañales, que relata una realidad que se repite en los consultorios, “vienen mamás que nos dicen: ‘Mi hijo no come si no tiene la pantalla enfrente, no quiere comer’”. Para el senador, este es un escenario alarmante ya que no se trata de una falta de amor, sino de una alarmante carencia de información sobre las consecuencias físicas y psicológicas: “miopía, problemas auditivos, problemas de sedentarismo, obesidad, desnutrición, bullying, grooming, trastornos en la conducta”.

Efectos en niños de primaria

La arquitectura de este consumo no es azarosa. Santalla explica que las empresas de tecnología han diseñado herramientas para capturar la atención de manera agresiva, utilizando el “sistema de recompensa variable que es la misma lógica de las máquinas tragamonedas de los casinos”. Primero fueron los “likes”, luego las notificaciones y finalmente el “escroleo infinito”. Para un niño de primaria, llevar un smartphone es como tener un casino en el pantalón. El impacto en la educación es devastador, “cuando un chico está en el aula y le llega una notificación, tarda 20 minutos en poder volver a concentrarse en la clase”.

La raíz del fenómeno es también social y económica. En un contexto de crisis, el dispositivo se convierte en un aliado desesperado para padres agotados. “Estamos en una situación de crisis económica de pluriempleo donde los padres no están en casa”, señala Santalla, reconociendo que muchas veces se recurre al celular para obtener algo de “paz mental” o para que el niño “no haga berrinche, para que se quede tranquilo”. El riesgo es que, mientras los padres creen que sus hijos están seguros en su habitación, del otro lado de la pantalla acechan peligros como el grooming.

 

El rol de los adultos

Frente a esta “presión social” donde los niños reclaman que “todos sus amigos tienen celular”, han comenzado a surgir los “pactos parentales”. La consigna es clara, “acordemos entre nosotros en esta división en el aula hasta los 12 años no le damos teléfono”. Los expertos son aún más tajantes y sugieren que la “madurez tecnológica” llega recién a los 16 años, por lo que las redes sociales deberían esperar hasta esa edad.

La buena noticia, según el análisis, es que el interés por el mundo real no ha muerto, solo está sepultado bajo el brillo de los píxeles. Cuando los niños encuentran estímulos analógicos —como coleccionar figuritas o pescar—, la respuesta es inmediata “lo redescubren con unos ojos así grandotes como diciendo ‘Qué bueno que está esto, está mucho mejor’”. El desafío para la sociedad argentina es devolverles esa “experiencia vital” antes de que la pantalla se convierta en su único horizonte.

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